Juan Manuel Lucero
08/2012 · ARTÍCULO HISTÓRICO

Comprar seguidores, o el nulo valor de la apariencia exitosa

El auge de las redes sociales trajo mucha frustración a quienes recién comienzan: conseguir seguidores es un proceso lento, generalmente relacionado con la valía del contenido publicado. Pero los arribistas digitales encontraron una nueva veta para negociar con el ego: vender seguidores a quien los necesite para aparentar mayor valía.

Una máquina expendedora en el desierto rodeada de robotitos de hojalata idénticos, cada uno con un corazón rojo

Como gotas, los seguidores se van sumando con el tiempo. Siguen a otros usuarios, a marcas, a avatars o a fakes hilarantes. Son eso, somos eso: seguidores. Motivados por el interés que despierta el contenido publicado, por el nombre, la fama o simplemente por ser amigo, los usuarios deciden en un momento dado seguir a otras personas.

Y es en ese proceso que la contraparte percibe cómo su cuenta suma más y más seguidores, que dotan al seguido de una cierta relevancia social en el ámbito digital. Se necesita una masa crítica para que la lógica de solo escuchar se transforme en una experiencia interactiva: publicar y republicar, pero también ser respondido y republicado.

Esta máxima, generalmente malentendida, termina privilegiando el número per se por sobre la calidad. Y calidad es un concepto relacionado con las interacciones de las personas sobre nuestros mensajes. No es simple y lleva tiempo construir una audiencia relevante. Por eso, asfixiados por la necesidad de aparentar, muchas personas —y aún más empresas y marcas— contratan los servicios de quienes proveen en pocos días lo que toma meses o años.

Sí, se pueden comprar seguidores. Por un par de dólares, una lluvia de ignotos avatares infla el ego de cualquier cuenta. Se acumulan de a miles, pero… ¿para qué?

Los seguidores comprados no son personas: son una masa que no escucha, no publica y —lo peor— no interactúa. Y tengámoslo claro: el valor real de un seguidor está en la posibilidad de la interacción. Es a través de ella, y del valor aportado por los contenidos, que la relación cobra sentido.

La economía underground

En el estudio “La economía underground de Twitter: un negocio floreciente”, el equipo de Barracuda Labs hizo hallazgos sorprendentes tras meses de investigación:

— El precio medio para comprar 1.000 seguidores es de 18 dólares.
— Hay 20 vendedores en eBay y 58 sitios web (dentro de los 100 primeros resultados de buscar “comprar seguidores en Twitter” en Google) donde comprar seguidores falsos.
— El 53% de los usuarios que compraron seguidores tiene entre 4.000 y 26.000 seguidores.
— Una cuenta falsa sigue, en promedio, a 1.799 cuentas.

Pero un dato sobresale: un vendedor de estos servicios puede ganar hasta 800 dólares por día. Los aprovechadores de la fantasía ajena explotan el ansia de popularidad simbólica para hacer, con emprendimientos espurios como estos, cerca de 10.000 dólares al mes.

Políticos, famosos y marcas

Todos han usado esta táctica en repetidas ocasiones. El caso de Mitt Romney es el más comentado. Y un ejemplo más cercano a nuestras latitudes, detectable gracias a StatusPeople: la cuenta de Hugo Chávez registra un 44% de usuarios falsos y solamente un 14% de usuarios activos. Y lamentablemente no es el único de la lista.

Los seguidores comprados son como el botox: la ilusión de frenar el tiempo — enmascaran la falta de confianza en la propia capacidad de generar una comunidad alrededor de uno.

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