Revoluciones de escritorio
Un #hashtag hace arder el ciberespacio: las multitudes se agolpan indignadas en los muros de Facebook para protestar, los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Meme" target="_blank" rel="noopener">memes</a> pululan en foros y comentarios, decenas de videos en Youtube levantan su voz y el estallido social parece inminente. Sin embargo, a nivel local, estas iniciativas digitales han tenido poca aceptación. ¿Fallan las herramientas o estamos demasiado apegados a las bombas de estruendo?

En una era social como la que vivimos, donde las conversaciones se hacen visibles y virales en partes iguales, propagándose a la velocidad de la luz, las protestas digitales parecen tener también el don de la multiplicación del ruido.
Las revueltas en Egipto encendieron las luces de esperanza en quienes vieron en las redes sociales un vehículo eficiente para la comunicación y coordinación de las masas enardecidas. Los medios, frente al peso de los distintos trending topics, así lo reflejaron en sus análisis.
Pero en estos hechos se suele crear un gran malentendido que genera una confusión importante: no son “las redes sociales” las que hacen posible la coordinación de las masas, sino la tecnología que subyace tras las herramientas.
Previo a la invención de las redes sociales como las conocemos, y luego del fatídico atentado en la estación de Atocha, en Madrid, el 11 de marzo de 2004, los ciudadanos organizaron las protestas vía SMS. La velocidad de transmisión y retransmisión de los mensajes permitieron movilizaciones masivas que terminaron costándole la reelección al entonces presidente José María Aznar.
En Londres, la experiencia de Egipto propició el comienzo del control estatal de páginas públicas, hashtags y personas para tratar de determinar la locación de futuros incidentes. Twitter fue culpado de ser el eje de las movilizaciones que concentró la atención de medios y policías. Por lo cual, inteligentemente, los usuarios cambiaron rápidamente a una herramienta sobre la cual no se puede tener control debido a la naturaleza cerrada de la misma: el mensajero de Blackberry. De nuevo, a la hora de organizarse, la herramienta es sólo la excusa que permite la transmisión veloz de datos de manera que sea muy fácilmente reproducible y reenviable.
El movimiento Occupy Wall Street en Nueva York llevó el uso de la tecnología y de los canales sociales más allá de lo anteriormente conocido, llegando a crear sus propias redes inalámbricas (las “freedom towers”) para quedar libres de la vigilancia y control. Lo digital insufló fuerzas primero, y expandió los límites de las demandas públicas después.
Sin embargo, en nuestro país las protestas organizadas en la esfera digital han tenido poca o ninguna masividad, salvo la referida al canon digital, donde al ser un tema que toca de cerca al universo de referencia en las redes sociales, produjo el freno del debate sobre esta ley.
Otras iniciativas que han tenido mucha convocatoria en redes sociales no han tenido mayor presencia en el ámbito público. Ejemplo de ello es la masiva convocatoria a un “paro de usuarios” en la ciudad de Córdoba, donde algunos grupos en Facebook llegaron a tener 11.000 usuarios y centenares de tuits lograron crear un hashtag de repercusión nacional.
No obstante, la fecha del paro llegó y apenas algunos usuarios se hicieron eco de este llamado, con muy pocos casos registrados de personas que efectivamente se negaron a pagar el boleto. Y así, decenas de otros ejemplos.
Llamamos a estas iniciativas, de gran impacto en el ámbito digital pero de poca relevancia en el espacio público, “Revoluciones de escritorio”.
El abismo en el cual este concepto se crea, entre la voluntad cierta manifestada a través del clic, comentario, o retuit, y lo que finalmente sucede, plantea algunas preguntas sobre nuestra sociedad:
¿Desestimamos cualquier otra forma de organización que no implique un contacto físico entre quienes llevan adelante la movilización?
¿La falta de materialidad entre partes le quita veracidad a los acuerdos establecidos en las redes sociales?
¿Somos incapaces de hacer frente a la responsabilidad cuando la acción requerida implica salir de detrás de la PC?
Cierro con un pensamiento elaborado a manera de definición:
“La presión digital solo altera la realidad cuando la indignación del clic se traduce en riesgo físico. Sin cuerpos en el espacio público, la viralidad es solo un placebo estadístico.”
De otro modo, seguiremos hablando de las inocuas, livianas y virales “Revoluciones de escritorio”, hechas para conformar el espíritu, pero que no cambian ni un ápice nuestro contexto social.